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CierroTraspaso

Cómo enseñar las cuentas sin regalar el negocio

Entre los que preguntan hay competencia y curiosos. La solución no es esconder los números, es abrirlos por fases y pedir algo a cambio en cada una.

· 8 min de lectura

Dos personas revisando documentos sobre una mesa de madera, cada una con sus papeles.
En esta página6 apartados

Un comprador serio quiere ver los números. Y tú no puedes enseñárselos todos al primero que llama, porque entre los que preguntan hay gente que solo viene a copiar: la competencia de dos calles más allá, alguien que quiere montar lo mismo, un curioso con tiempo libre.

La solución no es esconder las cuentas —eso espanta a quien de verdad compra—, es abrirlas por fases. Cada fase pide algo a cambio.

Las tres fases

  1. 1

    Anuncio

    Público

    Sector, zona amplia, facturación aproximada y precio. Sin nombre ni dirección.

  2. 2

    Interesado filtrado

    Con confidencialidad firmada

    Cuentas resumidas de tres años, alquiler, plantilla y motivo real de la venta.

  3. 3

    Comprador con señal

    Con arras firmadas

    Todo: declaraciones, contratos, proveedores, nóminas. La revisión de verdad.

La regla es sencilla: la información sensible se entrega cuando hay algo en juego por la otra parte. Antes de la señal, resúmenes; después de la señal, todo.

Qué va en el anuncio

Lo justo para que llame quien puede comprar, y no más.

Sí: tipo de negocio, zona en general —«barrio del centro», no la calle—, metros, años abiertos, facturación anual aproximada, si hay empleados, renta del local y precio pedido.

No: el nombre, la dirección exacta, fotos del rótulo, el número de teléfono del negocio, ni las redes sociales. Con dos de esos datos, cualquiera identifica el local en cinco minutos y la noticia llega a tu plantilla y a tus proveedores antes que a ningún comprador.

Ese es el riesgo real de anunciarse mal: que se entere todo el mundo menos quien te interesa. Un empleado que descubre por internet que vendes empieza a buscar trabajo esa misma tarde, y su marcha baja el valor de lo que vendes.

Cómo se filtra a quien llama

Tres preguntas antes de enseñar nada, y no hay que disculparse por hacerlas:

  1. ¿Quién eres? Nombre y a qué te dedicas. Quien no quiere decirlo, tampoco va a comprar.
  2. ¿Con qué presupuesto cuentas y de dónde sale? No hace falta un certificado bancario en la primera llamada, pero sí saber si hablamos de ahorros, de financiación o de humo.
  3. ¿Por qué este negocio? Un comprador con un plan lo cuenta en un minuto.

Y una señal que casi nunca falla: quien insiste desde el principio en ver proveedores, escandallos o la lista de clientes —y no en ver la cuenta de resultados— no está valorando el negocio. Está copiándolo.

El acuerdo de confidencialidad

Antes de la segunda fase, un documento de una página firmado. No hace falta nada sofisticado: identifica a las partes, dice que la información se entrega solo para valorar la compra, prohíbe usarla para otra cosa o compartirla, y fija una duración.

¿Sirve de algo? Como muro, poco: si alguien te copia el escandallo, demostrarlo y cuantificarlo es difícil. Pero hace dos cosas que valen su firma. Filtra: mucha gente que solo venía a mirar desaparece cuando le pides que firme algo con su nombre. Y deja constancia, que es lo que necesitarías si algún día hubiera que reclamar por uso de secretos empresariales.

Añade una cláusula que la gente olvida: prohibición de captar a tus empleados y a tus clientes durante un tiempo si la operación no sale.

Qué se enseña en cada nivel

Con confidencialidad firmada, información suficiente para que valore de verdad:

  • Cuenta de resultados resumida de los tres últimos ejercicios.
  • Facturación mensual del último año, para que vea la estacionalidad.
  • Renta, años que quedan de contrato y condiciones del arrendamiento.
  • Número de empleados, categorías, antigüedad y coste total, sin nombres.
  • Inventario de maquinaria y su estado.
  • El motivo real por el que vendes. Si no lo dices tú, se lo va a imaginar peor.

Con arras firmadas y señal entregada, la revisión completa: declaraciones presentadas, extractos bancarios, contratos con proveedores, nóminas y contratos laborales, licencias, seguros, la certificación de deudas tributarias del artículo 175.2 de la Ley General Tributaria y las deudas pendientes. Es la lista que el comprador tiene en su checklist, y a estas alturas negarse a enseñar algo tumba la operación.

La señal se documenta bien: el contrato de arras fija qué pasa si cualquiera de los dos se echa atrás, que es justo lo que hace que la información completa se pueda entregar sin miedo.

Los números tienen que cuadrar

Un aviso incómodo. Si el negocio factura más de lo que declara, ese dinero no se puede enseñar ni cobrar en el precio. Quien lo intenta se queda sin argumento —porque el comprador solo puede financiar y amortizar lo que existe en papel— y se mete en un problema serio si la operación se documenta.

Lo que sí se puede hacer es enseñar lo que hay, bien ordenado: tres años de declaraciones que cuadren con los extractos convencen mucho más que cualquier promesa verbal. Y si el precio que pides sale de un beneficio que no está declarado, el precio que vas a cobrar es otro. Mejor asumirlo antes de empezar que descubrirlo tras cuatro meses de visitas.


Esta guía es orientativa y trata la parte de gestión de la venta, no su régimen legal. Para el acuerdo de confidencialidad y las cláusulas de no captación conviene usar un modelo revisado por un abogado, sobre todo si el valor del negocio está en información que no se ve en el balance.

Preguntas frecuentes

¿Qué puedo poner en el anuncio sin que identifiquen mi negocio?

Tipo de negocio, zona en general, metros, años abierto, facturación aproximada, si hay empleados, renta del local y precio. Fuera: el nombre, la dirección exacta, fotos del rótulo, el teléfono del negocio y las redes sociales. Con dos de esos datos cualquiera localiza el local en cinco minutos, y entonces se entera tu plantilla y se enteran tus proveedores antes que ningún comprador. Un empleado que lo descubre por internet empieza a buscar trabajo esa tarde.

¿Sirve de algo firmar un acuerdo de confidencialidad?

Como muro, poco: si alguien te copia el escandallo, demostrarlo y cuantificarlo es difícil. Pero hace dos cosas que justifican de sobra la firma. Filtra, porque mucha gente que solo venía a mirar desaparece cuando le pides que firme algo con su nombre. Y deja constancia, que es lo que necesitarías para reclamar por uso de secretos empresariales. Añade una cláusula de no captación de tus empleados y clientes si la operación no sale.

¿En qué momento enseño las declaraciones y los extractos del banco?

Cuando haya arras firmadas y señal entregada, no antes. La regla es que la información sensible se entrega cuando la otra parte también tiene algo en juego. Hasta ahí, resúmenes: cuenta de resultados de tres años, facturación mensual, condiciones del alquiler, plantilla sin nombres e inventario. Después de la señal, todo, incluida la certificación de deudas del artículo 175.2 de la Ley General Tributaria: a esas alturas negarse a enseñar algo tumba la operación.

¿Puedo pedir un precio por la facturación que no está declarada?

No, y conviene asumirlo antes de empezar en lugar de descubrirlo tras cuatro meses de visitas. El comprador solo puede financiar, amortizar y defender ante su asesor lo que existe en papel, así que ese dinero ni se enseña ni se cobra. Lo que sí convence es lo contrario: tres años de declaraciones que cuadren con los extractos bancarios valen más en una negociación que cualquier promesa verbal sobre lo que de verdad entra.